martes, 12 de agosto de 2008

LA NOCHE DE LAS METAFORAS

AUTOR: MUNIR EDUARDO ELUTI CUETO.


CUENTO INTROSPECTIVO Y DE AUTOANALISIS PEROSNAL, EDUCACIONA, MENTAL Y EXISTENCIAL FRENTE A LOS PLANTEAMIENTOS PERSONALES DE LA VIDA.


“No en el espacio he de buscar mi dignidad, sino el orden de mis pensamientos. ¡Aunque poseyera mundos no sería más rico! A través del pensamiento, tomo posesión de mí el universo, y me devora como a un punto. A través del pensamiento yo tomo posesión de él”.

Blaisse Pascal.


En una esquina cualquiera, donde a veces y por esas causas y enigmas que nos depara la vida, un hombre puede encontrar más que un simple árbol, pues lo que nos importa a nosotros, entes que nos decimos personas, es una preocupación que va más allá de la simple estética ambienta y le competa al campo de la preocupaciones que son de orden humano-metafísico.

Vale decir una intensa búsqueda de un elemento que es muy preciado; pero que es indispensable para que un hombre pueda meditar interiormente.

Para poder de esta forma poder aspirar o conocer el ansiado principio de integración humana.

Pero la búsqueda es más trascendental que el aspirar a conocer la teoría de tan existencial planteamiento, porque si de ilustrarse se trata, viajamos por la académica educación que nos entregan los libros, ¿y por que no mejor por este mismo camino, viajamos a través de la vida?

Claro que no solo arbustos podemos encontrar en una esquina cualquiera, sino que un sin número de fenómenos de muy diversos ordenes.

Que para el caso no es pertinente analizar. Porque existe un estado que mayormente preocupa a la humanidad. Y en este estado humano-ideal donde por medio de él, podemos aspirar a la concentración, a que el libre fluir de los pensamientos sea armonioso y libre, es un estado de total quietud, de paz a nivel del cuerpo y mundano para el exterior, vale decir un estado de tranquilidad.

Pero no es fácil el llegar a lograr un estado tan anhelado como este cuando vivimos en intenso conflicto.

Un intenso conflicto externo pero con repercusiones en nosotros como personas, ya que en todo lo que sinestésicamente nos rodea, de un modo u otro, y querámoslo o no cualquier estímulo exterior nos altera en la más profunda intimidad de nuestro ser.

Y en esta particular búsqueda de tranquilidad y paz interior, debemos abarcar todo fenómenos o alteración que si viene cierto está relacionado con nosotros, y ejerce una influencia ya sea positiva o negativa según el punto de vista en que se la enfoque.

Que nos determina a actuar, sentir, vivir, vivenciar, pensar, sufrir o cualquier tipo de alteración que se lleve a cabo en nuestro ser.

Y desgraciadamente la influencia a la cual en un medio imperante estemos y de hecho estamos sometidos, determinados casi en un cien por ciento por un aspecto de lo que comúnmente se llama sociedad y que forma parte de ella. Lo que llamamos cotidianamente cultura.

Y uno de los aspectos más críticos de dicha función, es que no siempre dicha influencia se puede calificar como positiva, ya que eso no lo garantiza absolutamente nadie. Y en un sometimiento como meros conejillos de indias, a un riguroso experimento de cualquier científico apasionado y obsesionado por probar sus teorías y planteamientos, para lo cual sin escrúpulos les da cualquier tipo de prueba que sea necesaria para llevar a cabo dichos propósitos.

Y claro, el cuerpo no es mío, así que los pobres animalitos pagan las consecuencias. Una relación similar a esa es la que están sometidos los integrantes de la cultura, claro que son víctimas de acuerdo a la magnitud por la cual se sometan y según el proceso que van a vivir, ¿o a sufrir?.

Claro que es deprimente el hecho de tener que ser sometido, como cualquier convicto a su ejecución penal. A un proceso que muchas veces resulta inevitable para las personas a las cuales se les va a aplicar, y si hay alguna posibilidad de modificación de dicha imposición: ¡se evita rotundamente!.

Ya sea por los padres principalmente, sin importar el hecho de tener que cumplir con un riguroso esquema y a veces cuando la persona no pasa a ser más que un rudimentario y “experimental” objeto; por supuesto que lo de persona con sentimientos, no se toma en cuenta pasando a otro plano. Y sin hacer ningún intento por ver otra psibilidad que pueda modificar esta situación. Y ya en lo personal, esta temática se me torna deprimente.

Y tal vez yo no sea la única víctima de un sistema que no vale la pena. Donde no se toma en cuenta a lo humano, que tanto nos pregonan e ilustran los libros.

Y donde solo se actúa de acuerdo a un estúpido parámetro establecido por la sociedad y la cultura ideal, que más bien debería llamarse cultura irreal. Por no tener absolutamente ninguna avenencia o relación, con lo que cotidianamente le llamamos realidad.

Como lo pensaba y meditaba en su interior Cristian, luego de haber pasado por un intenso período de frustraciones personales, decepciones, desilusiones, y hasta lo que lo habrían llevado a adoptar la palabra de moda que salía todos los días en los diarios: depresión.

Porque Cristian se cuestionaba, y le daba vueltas interminablemente en su confusa cabeza, para tratar de encontrarle sentido a los que para él, era inútiles consejos que la gente le daba todo el tiempo, en todo orden de cosas, que en la escuela, que en la casa, que en la calle, pero no podía hallarles su finalidad o significado.

Y seguía pensando el por qué, todas las personas que le habían dado esos consejos, -según lo que el creía-, se los habían dado de buena fe, por deferencia, simple cortesía, o social y amistosa conversión cotidiana.

Hasta el punto de que Cristian, a los profesores y educadores, más bien les decía “dictadores”. Por seguir ciega y obsesionadamente una doctrina, que según el académico dogmatismo, de quienes le hacían clase, era educacional.

“Sin lugar a dudas”, como les escuchaba decir y plantear a cada momento, en todas las clases a las que asistía. Y veía en esa actitud un fanatismo y una obsesión exacerbada pero ya a mas no poder, donde los alumnos a los que iban dirigidas tales “enseñanzas”, háganla corta y piensen en el suicidio, y si son muchos propaguen la idea ya a nivel colectivo y masivo.

Cristian pensaba que esos señores sí se merecían un escarmiento; por obsesivos, porfiados, o simplemente por retrógrados, y la razón es muy simple porque después el escarmiento lo pagaban directamente los alumnos, pero nunca perdía el profesor, por equivocado que estuviese.

Porque los educadores y profesores con toda su escuela académica, actuaban siguiendo sus propios parámetros establecidos, por lo que ellos se habían planteado como cultura ideal.

Buscando con esto la justificación ante un sistema imperante. Que como ellos decían, “no es que a mi me dieron estos parámetros académicos que tengo que seguir”, y esa era la regla de oro a la cual seguían sin dar mayores explicaciones, a nadie.

Solo y exclusivamente a los encargados de su propia contratación en el puesto que ocupaban. Cuando la situación era extrema y absolutamente necesario. Por ejemplo si le avisaban con anticipación sobre una posible carta de despido, por haber llegado sin corbata a impartir una clase de religión.

Cristian es sus convicciones estaba totalmente convencido y seguro de ellas. Porque ya había dejado de creer en muchas cosas de todo orden e índole. Ya que simplemente cuestionaba interna y personalmente a toda la educación a la que el se sentía sometido.

De ahí que había tomado su costumbre pe pensar, divagar, filosofar así internamente como diálogos consigo mismo y frecuentar bares, pero no para olvidar penas de amor como se hacía y se sigue haciendo a lo largo de todos los tiempos.

Sino que para suavizar así un poco sus frustraciones y tratar de pensar él con claridad.

Y Cristian pasaba por estado de profunda decepción, cuestionamientos, y una mental desintegración de sus prejuicios psicológicos, y planteamientos frente a la vida, que como el mismo sacaba las cuentas, que si los llevaba a la acción en su propia vida, le habrían hecho regir un sistema de su propio sistema de vida, que no sería el de el, sino el que le impusieron sus profesores y, simplemente lo habrían obligaron a llevar.

Y seguía filosofando internamente, de que todas esas creencias inservibles y/o desechadas, por lo menos para él, tendrían lugar en las mentes de todo un sin número de alumnos que les hubieran creído a sus académicos profesoras, y que les habían impuesto de una forma educacional y establecida como la gran verdad absoluta del mundo. Y de todos los tiempos de la humanidad.

En una ocasión de tarde de domingo, Cristian fue al teatro a ver la película “la sociedad de los poetas muertos”. Y ese film, le abrió su horizonte mental, porque ahí vio una realidad que Cristian no conocía y que tampoco podía saber que podía existir: El enfocar a ver la vida con otro sentido.

De otro punto de vista, y le llamo mucho la atención, la actitud del profesor Keating, interpretado por Robin William, cuando les decía a sus alumnos que se subieran de pie sobre el pupitre que usaban en las salas de clases.

Porque esa era una representación teatral, de ver la vida desde un punto de vista diferente: el propio y de cada uno de los alumnos.

En una actitud de total irreverencia ante lo establecido académicamente. Porque dicha representación muestra un profundo fundamento en un complejísimo tratado y reglamentado que va en contra de las normas educacionales, que deben cumplirse en una sala de clases.

Claro que, -como lo interpreto Cristian-, la consecuencia de ver la vida desde su propio punto de vista personal, y no aceptar lo que le impusieron tanto en la escuela, como en su casa, lo llevó definitivamente al suicidio.

Como se mostró en el desarrollo de la película, porque sus padres querían que su hijo estudiara medicina, pero sus inclinaciones eran para el área del teatro.

Y la decisión que tomo el alumno, porque sus padres lo estaban obligando a estudiar medicina. Sin tomar en cuenta que sus personales inclinaciones, eran hacia las tablas, y que al sentirse presionado tanto por su familia, y por la escuela, lo llevaron a optar tajantemente por el suicidio. Este hecho que fue pero rotundo y marcado en la película “La sociedad de los poetas muertos”, simplemente le costó el trabajo al profesor Keating, y el resto de sus alumnos, (cuando el director encargado del colegio, lo estaba despidiendo), todos se subieron arriba de sus pupitres y le gritaron de corazón: ¡no se vaya profesor Keating! Al mismo tiempo que el director del colegio, increpaba violentamente a cada uno de los alumnos, con que se bajaran de arriba de sus pupitres individuales de la sala de clases.

Después que terminó la película, y Cristina volvió a su casa, pensaba y filosofaba internamente en la fuerte molestia educacional impuesta que le había tocado vivir, o como el se decía a sí mismo no vivir, sino que sufrir.

Y posteriormente ya días después, pasaba las horas en el bar que frecuentaba, esperando a que llegara su amigo John; que lo entendía y se llevaba muy bien con él, por tener muchos puntos de acuerdo en común.

Los días que Cristina y John frecuentaban los bares, eran los de semana, porque el ambiente a media luz era muy tranquilo y relajado. A diferencia del ambiente de las discotecas con el ruido intenso que hasta peleas se armaban.

Pero después de un tiempo, Cristina pasó muchos días de semana al volver frecuentar el bar, donde se juntaba con su amigo John. Debido a que su estresante y confuso estado mental de ánimo, se lo impedía rotundamente.

“Hacía tiempo que no nos juntábamos”, le dijo Cristian a John. Sí tienes razón, le responde la última vez que estuvimos veíamos la cosas y la vida desde otro punto de vista, le responde John. Y te diré amigo que el cinismo humano, a veces no respeta ni conoce límite alguno.

¿Cómo es eso?, le pregunta Cristian. Mira le explica John: tu sabes que estuve trabajando de vendedor a domicilio, y cuando la mercadería que tú vendes, pasa adulterada por los medios que es enviada, como algo totalmente ajeno a tu voluntad, simplemente no tranzo comercialmente. Y por eso mi jefe me despidió, así de corta, “hasta luego sr, que le vaya bien y ha sido un placer trabajar con UD”.

Tienes razón John, le responde Cristian. Porque a veces las decisiones más bruscas, o simplemente las más determinante en políticas de comercio, no dependen de nosotros sino de los señores que pagan.

Y de esta forma uno tiene que acatar y agachar la cabeza, sin tomar en cuenta nuestra opinión personal.

O como lo decía Borges en su poema Instantes:”…tendría mas problemas reales y menos imaginarios…” y yo creo que eso por último me acercaría mas a la realidad, por cruda que esta fuera.

Y como en esos días en el teatro, cuando exhibían los noticieros al mostrar al público la propaganda publicitaria, con paisajes de playas internacionales, paisajes hermosísimos, y con lindas niñas que te van a recibir tropicalmente, y a la llegada del aeropuerto para coronarte con colares de flores al cuello, y terminar el mensaje visual diciendo: “…y el mundo sigue su marcha”… Y no faltó el gracioso que después de esa propagando gritó del ultimo asiento de la galería, “¡y los negocios son un desastre!”. Y saco aplausos generales, y una ovación digna del mejor concierto de rock, si, todavía me acuerdo.

Pero amigo Cristian, le dijo John piensa que estamos bien, y que si quieres hacerte mala sangre, o complicarte la vida razones sobran.

Y a mí me lo dices John, mi viejo veterano, le dice Cristian, que soy un sobreviviente social y educacional a satisfacer a mis padres, por medio de sus tradiciones familiares que han marcado y le han guiado el rumbo a todo el linaje familiar, en lo que respecta a lo educacional, orientadas a cumplir con los deberes que el colegio me impone sí o sí. O si no lo hago, simplemente me expulsan por mala conducta.

Estoy de acuerdo le dice John a Cristian, las tradiciones familiares que no solo tu has visto en tu casa, sino que en muchas familias cercanas y de historia a nivel nacional, a las que yo personalmente conozco.

Tradiciones familiares directas y obligadas hacia el único fin de cuidar el apellido. Para que este al pronunciarlo resulte rimbombante. Por estar acreditado con los respaldos del nombre de una institución, ya sea esta de orden educacional, comercial, militar, deportivo, o cualquier adjetivo que le dé prestigio al apellido.

El prejuicio de la educación superior, señala Cristian lo tenemos enraizado en nuestras mentes a la fuerza; y más cualquier otro planteamiento que nos dé otra visión de la vida.

O que nos exponga una alternativa diferente a seguir, una ordenanza de vida diferente… no sé. Es que a veces vivimos de una forma tan vacía, tan común, tan esquemática y lo que tiene que ver con el desarrollo espiritual, mental o personal, lo dejamos de lado.

Es a veces tan desmotivador y deprimente el poder darse cuenta de que estamos determinados, obligados y subyugados a una manera de existencia, así tan mundana y al mismo tiempo; marcados por el más claro de los materialismos humanos, como lo son las necesidades comerciales.

Es cierto, le dice John a Cristian. Es un materialismo que solo se centra en satisfacer las necesidades materiales, y no da lugar ni posibilidad de una existencia así más trascendental, en lo que se refiere al plano espiritual, personal y mental.

Y tanto Cristian como John, concluyeron finalmente que, en el fondo los planteamientos impuestos tanto por la familia o por el sistema escolar, son una gran metáfora, pero equivocada, porque te imponen una doctrina, de una forma dogmática e incuestionable y luego tu por tus propios medios de vivencias te desengañas personalmente.

FIN.