martes, 25 de noviembre de 2014

LA YÉRMICA INUNDACIÓN ESCANDINAVA DE MI NORTINO SOL



“Moby Dick no es una novela, sino un himno. No importa mucho distinguir si un himno a Satán o a Dios, porque sería un Dios inexorable y fatalista, como el Hado de la tragedia griega”.

 José M. Valverde.


 Los peces que nadaban por el aire, me causaban; una gran expectación en esos siderales, infinitos y ocultos mares. Si, y digo ocultos porque en realidad esos mares yo nunca los había visto; solo por el libro “Los poetas del mar”, de Hugo Montes. Y me provocaba un sentido de la contradicción, ya que la belleza del dibujo en blanco y negro de las tescelaciones de M. C. Escher; totalmente opuesto, al color que he visto toda mi vida, el café arenoso. Pero me habrían gustado conocer esos mares, y navegar por ellos, en sus infinitas y peligrosas costas; que se llevaron en este caso puntual no al infierno; sino al más oscuro e infinito fondo marino, al capitán Ahab; en su justificada obsesión por matar a Moby Dick, ya que dicho monstruo marino, le había cercenado una pierna. Similar caso que tuvo un primo lejano mío, cuando se desempeñaba como pescador de albacoras; en los arrabaleros puertos de Valparaíso. Me llamaba enormemente la atención, la concepción folklórica y mitológica; correspondiente al género escandinavo o nórdico, según la definición de J. Martínez Frías: “De Moby Dick, sabemos que es Lucifer que desafía al reino de Dios; sabemos que es Prometeo, que quiso arrebatar el poder a los dioses, y fue maldecido por ello; sabemos que es otro Timón de Atenas, que se mofa de los decretos del destino, y de la locura del hombre; sabemos que es el rey Lear desafiando la tempestad, que destruye su corazón”. Este planteamiento, lo veo lleno de furia, deseos de venganza, y una desbordante fuerza; orientada hacia la destrucción de todo el mundo. Que a mí en lo personal, me resulta totalmente lleno de extrañeza; porque yo soy un devoto creyente, de la relajada y tranquila mitología del norte de Chile. Al formularme una postura de estudio comparativo; cuando analizo este planteamiento, con las lecciones de historia y geografía; que mi profesor Oreste Plath, me enseñaba en el colegio: El Barreterito: Que es una especie de duende y fantasma benéfico; cuyo martilleo suele oírse en el fondo de alguna galería, cuando la mina trae el anuncio de un alcance. Todo minero cree en su existencia, para sentir los golpes misteriosos, que le abrirán las puertas de la fortuna. Similar planteamiento a cuando los arponeros, encontraban el banco de Ballenas. El insecto reloj: Que aparece en las alcobas de los enfermos que están condenados a morir; y debe su nombre a su marcado tic-tac; similar al del reloj que usaba el capitán Ahab; para marcar la hora del enfrentamiento en contra de su acérrima enemiga, la ballena blanca Moby Dick. El zorro colorado: Cuando el cateador de minas en sus innumerables correrías, por los desérticos cerros, -como si fuera el más ávido de los navegantes-; se encuentra con el zorro colorado, recoge una piedra para lanzársela al animal; y el peso de la piedra le llama la atención, porque se da cuenta que es de oro; similar al doblón, que el capitán Ahab, había clavado en el mástil mayor; y que sería el premio, para el primer marino que divisase en lo más perdido del horizonte, a la odiaba silueta de tan detestado monstruo nórdico. El cerro bramador: Que es un imponente triángulo negro, similar a los flancos que tenía el barco ballenero: El Pequod. Y su clasificación era porque emitía un sonido como el de la bestia nórdica; en sus largos viajes registrados en las bitácoras marinas de mi capitán favorito, Ahab. Los aventureros de la riqueza minera: Que son ricos de la noche a la mañana; como la misma suerte que tenían los tripulantes, bajo las órdenes del capitán Ahab; cuando su caza de ballenas era gloriosa. Porque eran ambiciosos, mujeriegos, y bebedores de ron, en el jolgorio de celebración, a la amistosa alegría nocturna de un juego de naipes. Su lado opuesto, o lo equivalente a la otra cara del doblón de oro; que el capitán Ahab, mantenía clavado en el mástil de El Pequod; correspondía a los “mineros que vagan como fantasmas”; al vivir en esa infinita soledad de los mares, cuando estaban embarcados; y que añoraban ansiosamente el banco de ballenas; porque su localización, era la gloria de las riquezas que perseguían. También dentro de mis estudios académicos, se encontraba “el pájaro azul”; que era similar a las gaviotas, que siempre volaban alrededor de las ballenas; y que según la mitología chilena, se aleja rápidamente; porque sabe que su espléndida belleza, conduce a la muerte pero en este caso puntual, a la de las ballenas. “La cabra negra”: Una vez cuando es vez vencida, lleva a los mineros al sitio donde se encuentran las acaudaladas minas; o en este caso a las ballenas, que son riquezas para sus furtivos arponeros. El lugar donde he vivido toda mi vida, yo lo denomino “el valle de las flores”, (no “La Pérgola de las flores”) según mi profesor, Oreste Plath. Por mi denominación personal y antropológica; debido a que su sitio exacto era el sellamiento del destino, como cual mortal cementerio, de los perseguidos cetáceos. Todo este planteamiento, va en antítesis de la concepción escandinava o nórdica; que expone y engloba al mal en estado puro, y en una sola clasificación, puntualmente noruega: El Leviatán. En lo que respecta a mí perfil psicológico personal; en algunos instantes como si subiera la surrealista marea; siento una gran identificación con el capitán Ahab, cuando furiosamente increpaba: “¡Abofetearía al sol si me malmirada!”. Curiosa contradicción personal, ya que yo nunca haría eso; debido a que el sol me apasiona; y soy amigo de él, de todos los días. En algunas oportunidades, cuando tengo cambios de estado de ánimo provocados por el sol; me gustaría ser como el capitán Ahab, cuando demanda: “¡Yo no doy explicaciones, yo doy ordenes!”. Y ese aspecto hasta a mí me desconcierta, ya que soy lo más sumiso que hay; rasgo característico y propio de la idiosincrasia nortina. En mis gustos cinematográficos mis películas favoritas, son precisamente las dos versiones de la gran obra maestra de Herman Melville; una del año 1956, interpretada en el rol protagónico del capitán Ahab; con uno de mis actores favoritos consagrados: Gregory Peck. Dirigida por John Huston, y la magistral música de películas; de Richard Basehart; a la que iba a ver en matinée, vermouth, y noche al cine, innumerables veces, justamente en noviembre del 2008; cuando invitaba a Elizabeth, mi amor, para que la viéramos una y otra vez. Recuerdo además el mes exacto, cuando leí en los diarios, el problema de los salmones; que no fueron cotizados en la bolsa de economías internacionales de las factorías; por la canción emblemática, que perfectamente sería un himno de celebración en El Pequod; si la cantaran los recompensados arponeros; después de la cacería de ballenas. Tan magistral balada melódica y orquestada, como la música de la película de Richard Basehart; siendo dicho tema, un clásico de la música electrónica, que estuvo en los primeros lugares del ranking; logrando ser un hito del grupo de rock pesado de los años ‘90:













 Guns N' Roses NOVEMBER RAIN 

 (Lluvia de noviembre)

Cuando miro en tus ojos 

Puedo ver un amor contenido 

Sin embargo, "cariño cuando te tengo

¿No sabes que siento lo mismo Porque nada dura para siempre 

Y ambos sabemos que los corazones pueden cambiar 

Y es difícil sostener una vela 

En la fría lluvia de noviembre 

Hemos estado a través de este mucho, mucho tiempo 

Solo tratando de matar el dolor 

Pero los amantes siempre vienen y los amantes siempre van 

Y nadie está realmente seguro de quién está dejando ir hoy alejarse 

Si pudiéramos tomar el tiempo para ponerla en la línea de 

Podría descansar mi cabeza Sólo sabiendo de que eras mía 

Toda la mina Así que si quieres amarme entonces cariño no te abstengas 

O simplemente va a terminar walkin '

 En la fría lluvia de noviembre ¿Necesitas algo de tiempo ... por su propia cuenta 

¿Necesitas algo de tiempo ... sola Todo el mundo necesita algo de tiempo ... en su propio 

¿No sabes que necesitas algo de tiempo ... sola 

Sé que es difícil mantener un corazón abierto 

Cuando incluso los amigos parecen querer dañarte 

Pero si pudieras curar un corazón roto 

No estaría el tiempo fuera de encantarte 

 A veces necesito algo de tiempo ... en mi propio A veces necesito algo de tiempo ... 

sola Todo el mundo necesita algo de tiempo ... en su propio 

¿No sabes que necesitas algo de tiempo ... sola 

 Y cuando tus temores se calmen Y las sombras aún permanecen 

Yo sé que puedes amarme Cuando no hay nadie a quien culpar 

Así que no importa la oscuridad Todavía podemos encontrar una manera de

Porque nada dura para siempre 

Ni siquiera la fría lluvia de noviembre 

 No pienses que necesitas a alguien No pienses que necesitas a alguien 

Todo el mundo necesita a alguien 

Tú no eres el único 

FIN 


Otro rasco complejo en mí, ya que la escuché al pasar en la radio la semana pasada; en consecuencia que yo soy un devoto admirador de la música nortina. Porque su letra me habla textual de que “no importan la tinieblas”; las que se llevaron al más profundo de los abismos submarinos, al desdichado capitán Ahab. Pero tinieblas mojadas, y tan infinitamente interminables como esas, nunca van a oscurecer el amor por mi prometida Elizabeth; que tiene el mismo nombre de la esposa de Herman Melville. Y yo como cual indómito capitán voy a “calmar sus miedos”, y a alejar a las sombras que no nos dejen ver nuestro amor; que tiene la luminosidad del amanecer, porque desde lo más profundo de mi mojado, y enamorado corazón….todos necesitamos a alguien. Y la otra versión cinematográfica, que no me cansaba de ver, era la del año 1998, que me devoraba; como a mi libro favorito una y otra vez, incontables veces en mi infancia; en formato de video; donde el rol protagónico del capitán Ahab; lo llevó magistralmente a la pantalla chica; otro de mis grandes actores predilectos, del formato cinematográfico casero, el señor Patrick Stewart. Mi casa, es una cabaña igual a la que tenía tan magistral señor de las letras; Herman Melville, en donde escribió su obra de renombre mundial. Con características de construcción orientadas al invierno; desconcertante contradicción si yo veo el sol a diario. Y mi cabaña en donde vivo es antigua, por los registros de construcción, que databan del año 1850. El mismo año en que mí escritor favorito, legó al mundo su magistral obra. Y hoy lo que más hace es calor, pero un calor seco, no como el marino; y por eso yo la tenía bautizada como: El Pequod; que era el nombre del barco de mí admirado y respetado señor de los mares, el temible capitán Ahab. Y viviría en ella, el día que me case con mi amor Elizabeth; además habíamos planeado ya tener 4 hijos, y sería un matrimonio burocrático, según los patrones de formalidad de mi autor favorito, Herman Melville. Claro que yo de burocrático tengo bien poco y nada, por toda mi personal influencia geográfica en donde nací, crecí y vivo actualmente. Dentro de mis grandes escritores favoritos, aparte de Herman Melville, se encuentra indudablemente Jorge Luis Borges, que en asoleados, secos y áridos días; me apasionaba leer su magistral comentario literario sobre mí obra favorita: “Es la novela que ha determinado la gloria de Melville, página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos; al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la ballena blanca; luego que la ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta y espejos del universo”. En mis áridas divagaciones, que me sitúan imaginariamente en los infinitos mares secos, que veo todos los días, y en mí imaginario espíritu de aventurero, me gustaría ser un arponero de ballenas; y sentir la intensa emoción de lo que sería matar a un monstruo de esa envergadura. Pero yo nunca demostré un perfil obsesivo; como el de mí capitán favorito Ahab, no, yo soy lo más relajado y tranquilo que hay; por la característica idiosincrasia del lugar donde he vivido toda mi vida; y en mi vida real yo no mataría a una mosca. Y es más al analizar el nombre en sí de Ahab; es de clasificación bíblica; y al mismo tiempo un hereje, y un perfecto asesino calculador, tanto así que el solo hecho de escuchar esa descripción, me causa un enorme e incontenible pánico. Y su marcada locura por enviar al mismísimo infierno marino; a la bestia del leviatán, fácilmente lo pone en una postura frente a la vida; como el mayor enemigo de todo el universo; sin ningún miramiento, al asumir tal violenta, de existencialista e irreverente postura. Al contemplar su perfil en los afiches cinematográficos; yo veía representada toda esta impactante descripción de odio en su rostro; y lo interpreto como un madero quemado, que el fuego no ha logrado consumir. Y claro que el fuego no ha logrado ni logrará apagar; y ni en el más infinito de los reales mares; ya que la maldad desde su personal punto de vista estaba justificada; y contempla una mayor envergadura, que la de todos los mares del mundo juntos. Claro que lo estético que rescato, de todo este compendio de furia ya llevada a un nivel universal; es la tranquilidad que en lo personal, me da el fuego; porque lo relaciono en un plano real con el calor, no así en mis imaginaciones, que reconozco que se vuelven muy mojadas. También le comentaba a mi amor Elizabeth, lo que opinó otro de mis grandes escritores favoritos, Carlos Fuentes sobre tan monumental novela: “Es una obra de arte perdurable y transmisible, posee validez dentro de una proyección infinita de niveles de comprensión. Y la salubre novela resulta de difícil clasificación. Podría decirse también que es por excelencia la novela del mar, de ese mismo mar, acaso por ser la cuna móvil de todo lo que se mueve después cobra tantas vidas, pero también es la búsqueda obstinada de algo que trascienda la vida personal y le dé resonancias más altas; es el duelo entre el hombre y la naturaleza; es asimismo la historia de una transgresión, y es hasta el acoso de lo absurdo con vista a su desentrañamiento”. Y en mis calurosos días cuando navegaba por los infinitos mares del amor, con Elizabeth, y frescos como la brisa marina le comentaba el final de mi obra favorita. Cuando todo termina con las aguas ya quietas, como cual mortaja, y con gaviotas que revolotean sobre el lugar; donde El Pequod yace hundido, en los infiernos marinos, con toda su tripulación, en tanto que la ballena, como un fantasma se aleja acompasadamente, hacia su eterna tumba en el más oscuro de los avernos oceánicos; llevándose consigo al cadáver del capitán Ahab; entre arpones y sogas, los restos del barco ya destruido; y donde no falta un chileno que representa la humanidad, en este caso la tranquilidad norteña. Pero que voy a saber yo en mi vida real, del: mar, costas, muelles, bitácoras de viajes marinos, tradiciones de tripulantes, de la caza de ballenas, arponeros, cordeles, ganchos, barcos balleneros, aceites de cetáceos, si nací, crecí y he vivido toda mi vida, y hasta el día del hoy en el año 2008, en el desierto de Atacama. 

 FIN

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