martes, 25 de noviembre de 2014

LOS MUNDOS ENCONTRADOS






“La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve para nada”.
Gabriel García Márquez.


“La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve para nada”, exclamó su amigo. Y Pedro asombrado le dice, estás citando a un gran autor. Claro, le responde su amigo, a Gabriel García Márquez con su cita que es magistral, llena de conocimiento y de ciencia. ¿En dónde aprendiste esa cita tan reflexiva?, le pregunta anonadado Pedro a Gabriel. Y Gabriel que estaba muy pensativo, le dice, “no lo sé, no lo recuerdo, pero de lo que sí recuerdo es que la oí, ¿o me la dijiste tú amigo?”, de dice Gabriel a Pedro. Y Pedro le responde “no amigo, no te la he dicho yo, tú solo la aprendiste”. – Tienes razón, le dice Pedro, es una cita llena de conocimiento, verdad y revelación. Sí, le dice Gabriel a Pedro. Es una de mis citas favoritas, a mi me gusta y me llama enormemente la atención, porque me invita a la reflexión, y al estudio interior. ¿O será que nos estamos poniendo viejos, amigo?, le dice Gabriel a Pedro y ambos se ríen alegremente. A ver Gabriel, le dice Pedro; no nos estamos poniendo viejos, solo un poco más graves diría yo. Y ¿por qué te gusta tanto escucharla Gabriel?, le pregunta Pedro a Gabriel. Porque cuando la digo en voz alta, no sé, es que siento un gran deseo de pensar, de reflexionar, para qué lado nos lleva la vida, dónde estamos, cual es nuestra misión en el mundo, en fin… Eres todo un filósofo, le dice Pedro. Y hablando de la vida, -replica Pedro- con todos los estudios académicos que tengo, yo no sabría decirte cuál es su significado, ni adónde va su finalidad, ni nuestra misión en la tierra, no sé amigo, tengo mis cuestiones existenciales que aún no me he podido explicar. Deberías saberlo, le dice Gabriel. Ya que tú eres más letrado que yo, tienes estudios, impartes clases, vas a la universidad, y en ese momento lo interrumpe Pedro, y le dice, no amigo. No necesariamente, porque por el hecho de tener elevados estudios académicos no significa que sepa más que tú. Y Gabriel pensaba en lo que le decía su amigo, y se paseaba tranquilamente por el parque entre las palomas que revolotean libremente, a su alrededor, mientras les daba alimento para aves. ¿Sabes amigo?, le pregunta Gabriel a Pedro. En todos estos largos y sabios años, que ha durado nuestra amistad, siempre pero siempre, me he preguntado el sentido de la vida. Entonces Gabriel le dice, “imagínate amigo. Yo que he estado 30 largos años descargando cosas de los barcos, acá en el muelle de Valparaíso. Cosas y bienes que ni siquiera son para mí; en los lugares y malecones de nuestra querida joya del pacífico, como la llaman los marinos, y siento que mi vida ha sido vacía”, le dice Gabriel a Pedro. Entonces Pedro le contesta a Gabriel, -no amigo. Tu vida nunca ha sido vacía, porque piensa en la felicidad que le has llevado a todos los hogares, al descargar los bienes, a los niños que esperan ansiosamente sus regalos, que los anhelan de corazón con sus alegrías y sus característicos deseos infantiles. Tienes razón, le dice Gabriel a Pedro. Pero tú entregas más que cosas materiales, entregas conocimiento, sabiduría en las académicas aulas en donde impartes clases, ya sean éstas de física, matemática y ciencias, por lo que me has contado. “Sí”, responde Pedro. Lo de impartir clases es cierto, pero te diré que no sé si soy como tú en el sentido de que llevo alegría a los hogares, ni bienes, ni regalos, a veces siento que sólo llevo problemas. Porque si hay algo que tiene la ciencia, amigo mío, es que es muy complicada. Tanto así que yo por ejemplo, por medio de ella he tratado de explicarme la existencia de Dios, y por medio de ecuaciones lo he conseguido; le dice Pedro. Pero tú Gabriel, sí que eres todo un sabio, le dice Pedro a Gabriel. –Si tu lo dices, le responde Gabriel, en un tono de duda. Además es que yo nunca aprendí ni siquiera a leer ni a escribir, le confiesa Gabriel a Pedro. Precisamente amigo mío, le dice Pedro a Gabriel. Y en todos estos años de nuestra maravillosa y longeva amistad, nunca aprendas a leer ni a escribir. ¿Y por qué?, le pregunta extrañado Gabriel a Pedro, que pensaba que le diría lo contrario. Porque el día en que aprendas a leer y a escribir, amigo mío, -le replica Pedro a Gabriel- toda la sabiduría que tienes de la vida misma, de la simpleza de las cosas, de la cotidianidad, la vas a perder amigo mío; y te va a pasar lo que me pasó a mi cuando di mis primeros pasos académicos: Perdí toda la sabiduría que el hombre tiene, por el hecho de aprender a leer y a escribir, y en lugar de conocimiento llené mi mente con áridas materias. Y luego, mi sed de conocimientos fue en aumento, le dice Pedro a Gabriel, lo que me llevó a ser lo que soy actualmente: Un total ignorante de la sabiduría de la vida misma de la vida. De la sabiduría que sí vale la pena tener, y es la que tienes tú, amigo mío y no la pierdas. Que saco con ser un erudito sobre ciencias, aritméticas, físicas, matemáticas, teorías, fórmulas, ecuaciones si soy un total ignorante, en materias del verdadero significado de la vida, le dice Pedro a Gabriel. Tienes razón, le dice Gabriel a Pedro. Pero no por eso vas a dejar de ser mi gran amigo. Y Pedro le dice, ahí estás actuando y hablando, como todo un verdadero sabio. Porque yo amigo mío, -le replica Pedro a Gabriel- con todos los estudios que tengo, las clases que imparto de ciencias en la universidad, todo el conocimiento que poseo y durante todos mis años de docencia, me he hecho la misma pregunta siempre, ¿qué es la sabiduría?. Y Gabriel le decía, la sabiduría es la simpleza, de la vida, amigo mío; eso es; y yo Pedro ni siquiera sé leer y te doy una respuesta simple y cotidiana. Y Pedro que era todo un académico le dice, “no, tu respuesta no es simple, es llena de revelación, porque con todos mis estudios que tengo, nunca encontré realmente qué era la sabiduría”. Y así de esta forma los dos amigos se despiden; uno se dirige a su sala de clases, y el otro a los a los arrabaleros puertos, donde la vida era tranquila, y casi nadie decía, en voz alta, la palabra “ciencia”.


FIN

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